Si bien tenemos en cuenta algunos datos históricos, podemos conocer que la conservación en sí de los alimentos, independientemente del lugar cultural y período en el que las personas vivan, ha sido una de las obsesiones y preocupaciones constantes en la historia del hombre.
Ya en el Neolítico, por ejemplo, y tal y como ha sido avalado por cientos de investigadores, se conocía que el frío sería para la conservación de los alimentos, para mantenerlos en buen estado, pero no fue hasta que Napoleón -en pleno siglo XIX- realizó una campaña para fomentar la investigación en este campo, cuando se descubrió que el aceite era un elemento especial y útil para la conservación del pescado.
Con todo ello, y también múltiples esfuerzos, nació el proceso que conservaba los alimentos en vidrio, aunque luego el inglés Peter Durand fabricara nuevos recipientes de conserva con un a su vez novedoso material: la hojalata, que permitía que el pensado durase más tiempo y que el envase en sí fuera mucho más resistente.

Y es que tras muchas investigaciones, y “años” de experiencia, hoy día se conoce que el proceso de conservación no altera la composición nutricional de los alimentos, manteniéndolos intactos.
Por ejemplo, los nutrientes fotosensibles como vitaminas K, A y ácidos fólicos no se pierden con el paso del tiempo al no darle la luz en sí al contenido de la lata.
En el caso de muchos pescados, el ácido oleico del aceite utilizado para su cobertura y conservación presenta propiedades cardiovasculares, previniendo las enfermedades cardíacas.