El laurel, ha gozado siempre de gran fama. En latín, cuyo nombre es Laurus Nobilis, proviene del verbo “alabar”, lo que nos vendría a indicar que es un árbol siempre alabado.
Desde muy antiguo ha sido muy conocido. Por ejemplo, en los enterramientos egipcios, siempre se ponían sobre la momia diferentes coronas de laurel, pues significaba la gloria de los dioses y la victoria sobre la muerte.
En el templo de Apolo, era una planta mágico-sagrada y se hacía masticar las hojas a las sacerdotisas para aumentar así sus dones proféticos.
Y, en el Renacimiento, se regalaba a los estudiantes que estaban listos para ingresar en las diversas Universidades bolsitas con bayas de laurel que recibían el nombre de “Bacca laureati”… nombre del que, curiosamente, derivó luego la palabra “Bachillerato”.

Es un arbusto árbol, se ambienta bien a cualquier clima, aunque prefiere, eso sí, el Mediterráneo: sus hojas permanecen siempre perfumadas, y son tanto alargadas como duras.
En este caso, y aunque se recojan y se guarden, sus hojas siempre mantendrán ese delicado perfume.
Su valor, sin duda alguna, es el de antiséptico y estimulante, y estimula en sí las funciones digestivas, y sus bayas tienen poder antirreumático si se hace esencia con ellas.
Incluso, por ejemplo, se puede utilizar para aderezar alimentos, tanto pescados como carnes.