Ultraprocesados y transgénicos: ¿cómo huir del delirio del negocio alimentario?

La expansión de los alimentos transgénicos y ultraprocesados sigue bajo la lupa para buena parte de la población. Sin embargo, parece que las estrategias del mercado alimentario siempre se salen con la suya. ¿Qué podemos hacer contra un bien de primera necesidad que se convirtió en negocio? Y ¿por qué sucedió?

 ¿Es posible comer mejor?

Aunque pueda parecer una sarcástica involución, el auge del alimento ecológico no es un asunto baladí. Con casi 8.000 millones de seres humanos en el plantea y todavía en aumento, las grandes factorías y procesadoras de alimentos aparecieron como la luz de la esperanza para cubrir las inagotables necesidades del mercado alimentario. Sin embargo, el exceso de químicos utilizados no sólo para la mera conservación de los alimentos, sino para que su aspecto luzca más apetecible a los ojos del consumidor, ha acabado por desvirtuar los beneficios de algunos alimentos que, antaño, sí podían aportarnos más y mejores nutrientes.

Como bien daría la razón a toda la comunidad médica, procurar consumir siempre productos frescos es de vital importancia para la salud. Con ello, y sin discernir entre la elección de carne, pescado, verdura o fruta en nuestro menú, disminuir la cantidad de ultraprocesados se ha convertido en otra necesidad sanitaria de nuestro tiempo. Por ejemplo, dentro del gran abanico de opciones que nos ofrecen las frutas siempre es mejor decantarse por aquellas frutas con menos azúcar que, además de evitar que acumulemos calorías, al mismo tiempo cuentan con un efecto saciante. Pero, ¿cómo hemos llegado a este punto y qué podemos hacer para sortearlo?

Cuando la alimentación se convirtió en negocio

Aunque muchos relacionen el capitalismo con la adquisición de bienes entendidos como de cierto lujo ?desde el ocio hasta el transporte?, la realidad es que nuestro sistema económico ha malogrado los bienes de primera necesidad. De hecho, este es uno de los duros frentes en los que combaten corrientes filosóficas y estilos de vida como el veganismo. Donde los delirios del mercado de consumo han causado catástrofes que pasan de la deforestación y su impacto en la naturaleza hasta la explotación del ser humano en algunos países. Y, bajo esa tesitura, la alimentación no es un espacio ajeno a los posesivos tentáculos de ese retorcido orden mundial.

Por una parte, encontramos que el mercado alimentario ha dejado de proporcionarnos alimentos de calidad y ha optado por hacer negocio de la alimentación. Un negocio que no sólo abarca la búsqueda exhaustiva de métodos de producción intensivos, cuya práctica conlleva graves consecuencias sobre el planeta y el ser humano. Además, el negocio nos ha convertido en criaturas superficiales que, a pesar de nuestra necesidad biológica de alimentarlos, priman el aspecto y el sabor por encima de la salubridad. Precisamente, una de las razones por las que se desechan tantísimos alimentos, día tras día: por no cumplir con unos estándares que el mismo mercado inventó.

Jugando a ser dios con la alimentación

En el campo de la agricultura, el ser humano recurrió en sus inicios al cruce entre plantas para hacer proliferar sus mejores frutos. Con el paso del tiempo y el brutal crecimiento de la población mundial, la aparición de los alimentos transgénicos apareció como un recurso práctico para saciar esa necesidad. Sin embargo, la letalidad de su impacto ha cobrado cada vez más fuerza, con una mayor presencia de tóxicos, contaminación y pérdida de biodiversidad en sus campos de cultivo. Un proceso de aceleración que, aunque haya conseguido dar con alimentos de gran aspecto y sabor, ha dejado de lado algo esencial: la naturalidad de lo que consumimos y necesitamos para vivir.

Colateralmente, en el campo de la alimentación de origen animal, no sólo encontramos los efectos del uso de antibióticos y otros medicamentos en el ganado ?desde el sector terrestre hasta las piscifactorías. Nos guste más o nos guste menos, la carne que consumimos se extrae de un organismo que cede a la corrupción y que, por tanto, debería consumirse en un cierto plazo de tiempo. Sin embargo, el hábito de compra del consumidor ha hecho que sea necesario el abuso de conservantes y otras sustancias en muchos de estos productos para evitar su corrupción. De lo contrario, ¿cuánto podría aguantar un pedazo de carne en un estante refrigerado sin pudrirse?

Entonces, ¿cuál es la alternativa?

Ante tales circunstancias, no hace mucho empezaron a surgir cada vez más y mejores alternativas al consumo de alimentos procesados. Según su etiquetación, conocidos como productos ecológicos o biológicos que, por desgracia, parecen no conquistar del todo al consumidor. ¿La razón? Los efectos de un precio ligeramente mayor, fruto de la competencia con un mercado que, además de ya firmemente consolidado, dispone de muchos más recursos y ganancias con los que permitirse acotar un precio menor. Sin embargo, si el consumidor y el ámbito sanitario ponen de su parte, un sector que cobrará más importancia en los años venideros.

Además, y aunque la elección de la alimentación de cada individuo deba correr siempre a su cargo, movimientos como el veganismo han conseguido poner el foco y la crítica social en el procesamiento alimentario de un modo antaño impensable. Porque, en el fondo, la pregunta es francamente sencilla, pero difícil de responder si sólo acatamos cuanto nos dicta nuestro placer: ¿sabemos realmente lo que comemos? Una pregunta que ha removido mucha tierra ?desde los transgénicos a las macrogranjas?, pero que es necesario plantearse cada poco tiempo. Más que porque somos lo que comemos, porque todavía el futuro está en nuestras manos.

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